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libro-maravillasFernando Clemot

El libro de las maravillas

Madrid : Barataria, 2011. 283p. ; 20cm.-- (Bárbaros)

Fernando Clemot tiene su mayor virtud, y así debería ser siempre, en la escritura. Así lo entendieron los que premiaron su magnífico Estancos del Chiado con el Premio Setenil en 2009 y así lo valora quien observa que libro tras libro hay un interés por determinados temas que evolucionan en función de las inquietudes y estados de ánimo del autor barcelonés. En El libro de las maravillas el recuerdo y el viaje se funden el magma estático de una clínica lusa de reposo, si bien quizá fuera mejor definir el espacio donde transcurre la acción desde términos agónicos, pues todos y cada uno de los pacientes del recinto ingresaron en él conscientes de estar en las puertas de ese abismo que solemos llamar muerte.

El ambiente es sórdido, kafkiano en su vaivén inmaculado de puertas que se abren y cierran entre consultas, orines y desconsuelos. Uno de los condenados por propia voluntad a destilar su espera de la señora de la guadaña reflexiona sobre su existencia y la encuentra incompleta. Al puzle le faltan piezas y decide completarlas equiparándose con Rustichello de Pisa, compañero entre rejas de Marco Polo. Juntos publicaron Il milione, fantástica crónica de los viajes del veneciano en una época oscura donde sus itinerarios adquirieron categoría legendaria.

Entre el casi anónimo protagonista de El libro de las maravillas y Rustichello distan siglos que no empañan una serie de coincidencias. Ambos transcribieron lo que escucharon en su particular cárcel, que es enfermedad y paciencia de libertad, sin importar que esta sea expirar o respirar aire puro. Sin embargo, la diferencia fundamental radica en la visión autoral, pues la fascinación del hombre medieval iba por otros derroteros bien distintos a los del contemporáneo, que desea conocer para aliviar su mal y construir una pequeña enciclopedia universal que no se para en las palabras, consuelo estéril si meditamos en la posibilidad de un gran pozo que compile la infinitud humana, consuelo fuerte y útil si en el contexto de la novela, donde las sombras que pueblan el hospital gritan mediante diálogos expiatorios para ajustar cuentas consigo mismos en sus últimas horas.

“Siempre se nos ha dicho que en el pasado está la clave del presente y también de nuestro futuro, que todo lo sucedido alimenta de forma definitiva lo que eres y en lo que te convertirás mañana. En mi caso lo que pueda hacer ahora no puede cambiar un futuro que apenas tiene cuerpo así que me pregunto si no podría invertir la lógica de ese proceso”. 

Mientras los demás reclusos le cuentan sus anécdotas memorables se hilvana un proceso consistente en desgranar el porqué del recuerdo a través del paso del tiempo hasta hallar su significado absoluto. Los párrafos dedicados a teorizar sobre los motivos de nuestra selección de fragmentos vitales ahondan en una transferencia de lo personal a lo colectivo hasta parir un relato único de vicisitudes hermanadas por barcos, fallecimientos inesperados, exotismo y encrucijadas. Las narraciones que Bridoso, el Doctor Bessa y Clara hacen de sus máximas peripecias enlazan con la fantasía de cruzar la frontera que media entre Occidente y Oriente para derribar la frustración de destruir el inmovilismo que suele caracterizarnos, lo apático que nos paraliza. Cambiar el paradigma, dar con el impulso que dinamite la inercia y alterar el rol para abandonar los ropajes de Rustichello y atreverse a ser Marco Polo.

[tomado de revistadeletras.net]

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